La travesía de ser mujer en Egipto

La travesía de ser mujer en Egipto

Por Daiana Rosenfeld 23.1.2007
El andamiaje cultural del mundo, cuna del arte y la historia antigua, años de civilización, saqueos, ritos religiosos y arquitectura árabe con el río Nilo como protagonista de esta historia, Egipto es uno de los países de Oriente próximo más occidentalizado: rige bajo un sistema supuestamente democrático, pero que, como en todos lados, oprime a la mujer y la deja escalones mucho más abajo, a pesar de que las leyes del Islam sostengan lo contrario.

Viajar siendo mujer por Oriente es toda una travesía. Ya en las guías de turismo las indicaciones son muy claras: el problema al que se deben enfrentar las mujeres viajeras es la concepción que los hombres egipcios tienen de ellas. A menos que estén casadas, las ven como fáciles y deseosas de tener relaciones sexuales con ellos y desde el punto de vista social, las mujeres extranjeras se las considera en el mismo lugar que las prostitutas. Hasta nos enseñan a gritar ante el acoso o manoseo en la vía pública con expresiones como Áram! –maldito- o sibnee le wadi -no me toque-, frases que harán avergonzar a los acosadores, es que, tocar a una mujer egipcia por la calle constituye una blasfemia para el Islam.

Así, la comunicación resulta compleja: no es conveniente dirigirse a un varón en la calle y las mujeres no suelen hablar inglés, a menos que se dediquen a la actividad turística. Aunque Egipto sea el país más occidentalizado de la zona, desde el tratado de paz con Israel en 1979 y por su atractivo cultural y milenario, está acostumbrado a recibir turistas de todo el mundo durante los 365 días del año. Pero la realidad del Islam es un hecho y hay que respetarlo a raja tabla.

Una mujer caminando sola por la calle pasadas las seis de la tarde es una actividad poco común. Así, entre cuadra y cuadra las propuestas no se hacen esperar: dos ofertas de casamiento cada 200 metros y el conocido intercambio de mujeres por camellos. Claro que el casamiento no es jurar amor eterno, sino poder mantener relaciones sexuales sin problemas legales ni religiosos.

Noá, de 26 años que estudia para guía de turismo, explica que el matrimonio constituye un acuerdo legal más que un “sacramento” como lo es en el cristianismo. “Una se casa, arma su familia, el hombre la mantiene y puede tener otras esposas, lo importante es que haya respeto, no cuántas esposas tenga mi marido”, cuenta la chica musulmana que se casó hace un año y medio y está embarazada de ocho meses. Los hombres en Egipto pueden tener hasta cuatro esposas, “siempre con un trato respetuoso, justo y equitativo hacia cada una de ellas”, según la egipcia.

En teoría, los padres de la novia no deben conseguirle pareja a la hija, pero sí pueden sugerirle con quién debe casarse. La dote, para el islamismo, forma parte de este contrato familiar en el que el padre de la novia debe darle una cantidad determinada de dinero, propiedades o cualquier tipo de bien al esposo de su hija. “Mi padre le dio un departamento a mi esposo cuando nos casamos, él así me mantiene y también va a hacerlo con mi hijo”.

Los lugares “internacionales” son los reflejos claves del contraste cultural y el lugar de las mujeres egipcias en su sociedad. Mientras las turistas europeas se pasean en bikini y tienen un conjunto de hombres egipcios detrás intentando mantener algún tipo de relación con ellas, las mujeres egipcias deben permanecer tapadas a la sombra cuidando a sus hijos o viendo como ellos se divierten en la pileta con los padres.

Es que la ley en Egipto rige bajo los mandatos del Islam (el noventa por ciento de su población es musulmana sunnita, y el 10 restante es cristiana copta), que se basan en cinco preceptos fundamentales: la profesión de fe, basada en “no hay más divinidad que Dios y Mahoma es el mensajero”; la oración –cinco veces al día, mirando hacia la meca; la limosna, que los musulmanes deben dar cada año a las personas más pobres de su comunidad - el 2,5 total de los ahorros- para limitar la acumulación de riquezas; el ayuno y la peregrinación hacia La Meca, la “sede santa” ubicada en Arabia Saudita, aunque sea una vez en la vida. Así también se venera la poligamia, aunque el hombre debe comprometerse a mantener de forma equitativa a sus (hasta) cuatro esposas, con las que puede convivir todos juntos o en casas separadas.

De todas formas, apenas una llega a Egipto, sorprende como las guías de turismo advierten los “riesgos” que puede tener una viajera por ser mujer, y entre ellos ponen especial énfasis en el peligro que puede ocasionar contraer matrimonio con un hombre egipcio ya que, llegado el caso, él tendrá todos los derechos sobre ella y le será complicado irse del país, sobre todo si llegan a tener hijos. Hay que recordar el caso de Gabriela Arias Uriburu, la mujer que se casó con un jordano, quien se llevó a sus tres hijos para ese país-que también rige bajo las leyes del Islam- hace más de nueve años y nunca pudo sacarlos de allí y volver a verlos.

Milenaria discriminación
Desde las generaciones más antiguas persiste en la tierra del Nilo la discriminación hacia la mujer. Si bien en los imperios Antiguo y Medio, muchas mujeres de alta sociedad llegaron a ocupar puestos de sacerdotisas de medio rango, ya para la época del Nuevo Imperio, el género femenino había desaparecido completamente, también de los cargos administrativos de los templos. Sólo participaban como músicas –tocaban un instrumento de percusión llamado sistrum-, bailarinas y acróbatas.

A pesar de ser representadas como mujeres bellas y elegantes con maquillajes especiales y pelucas para las de la alta sociedad, sólo dos mujeres tomaron el poder y fueron reconocidas por los antiguos egipcios. Una de ellas es Cleopatra VII, que continuó desempeñando el papel tradicional de mujer de la época que solamente podía ejercer el poder a través de los varones, y la otra es Hatshepsut, quien reinó como un hombre más durante veintiún años. Si ella hubiera nacido niño, el poder le hubiera recaído directamente, puesto que era la única hija legítima de Tutmosis I, un faraón del Nuevo Imperio. Sin embargo, como se excluía a las mujeres de la sucesión del trono, ella se casó con su hermanastro (no el verdadero hijo del rey), quien subió al trono como Tutmosis II y murió al poco tiempo. Ella luchó, no quedó al margen de las cuestiones del poder y un día se autoproclamó Faraona “Soy por mí misma un dios que decide cuánto sucede. Ninguna de mis sentencias falla”, dijo hace más de 1500 años a.c.

Así, a pesar de su valentía y de llegar a mantenerse en el poder por más de veinte años, los documentos históricos muestran como la reina se hizo representar con rasgos masculinos, sin busto, con barba y vestida con un tapa rabo corto. Algunos la relacionaban con la figura de la vaca, quien da de mamar al pueblo. Lo cierto es que el poder duró poco y su sucesor se ocupó de destruir su templo –sin un buen resultado- y remplazarlo por uno para él.

La realidad actualKahina, una mujer copta de 44 años, cuenta que la ley en la actualidad proporciona la igualdad de sexos; pero que sin embargo, algunos aspectos de la ley y muchas de las prácticas tradicionales discriminan a las mujeres.

Según la Justicia, las mujeres solteras menores de 21 años deben conseguir el permiso de sus padres para obtener el pasaporte y poder viajar- sea musulmana, copta, o de cualquier religión- y las mujeres casadas deben tener el consentimiento de sus esposos. “Sólo los hombres pueden conseguir la ciudadanía y así, en algunos casos, los niños nacidos de madres egipcias y padres sin nacionalidad egipcia no pueden obtener la nacionalidad. Si bien ante la justicia el testimonio femenino tiene el mismo valor que el de un hombre y no existe una prohibición legal para que una mujer no pueda ejercer las labores de juez, la verdad es que esa práctica para la mujer ni existe” cuenta la egipcia, que trabaja en una verdulería.

También hay dos problemas que preocupan a las mujeres egipcias: una es la Mutilación Genital Femenina, que está fuertemente establecida en ese país y se practica con la mayoría de las chicas de entre siete y diez años, con la misma costumbre tanto para musulmanes como para cristianas. “Es injusto a yo haya tenido que pasar por la MGF, nosotros no creemos en eso, pero por ley debemos aceptarlo” explica la mujer copta.

Si bien la constitución establece la igualdad de sexos y el mismo tratamiento a los no musulmanes. Sin embargo, algunos aspectos de la ley y muchas prácticas tradicionales discriminan a las mujeres y a los cristianos. Ninguno de ellos suele ocupar cargos públicos: de los 32 puestos de ministros en el gabinete, sólo dos son mujeres.

Otro problema que preocupa a los egipcios es el comercio que se realiza alrededor de la danza del vientre. Según Noá, es la actividad que más consumen los turistas europeos y que siempre deriva en el negocio de la prostitución. “Los viajeros no toman al baile como una actividad artística, típica de esta zona, sino que van a ver mujeres semidesnudas que sacuden la cadera y creen que pueden acostarse con ellas”.

Desde la cuna de la historia, las invasiones romanas y árabes, Egipto es el país desde donde nació el concepto de civilización, un término que fue saqueado, arrebatado y pisoteado, y que si bien proclama la igualdad entre los seres humanos (dícese hombres y mujeres), la discriminación estuvo desde el principio y se sigue sustentando con la opresión, con la mutilación genital femenina y la imposición de ciertas normas, más allá de la simple imposición del velo y de símbolos religiosos.
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