Nietzsche y la expresión vital de la danza. Otra forma de lenguaje. Por Luis Enrique de Santiago Guervós



Mónica Tello

Nietzsche y la expresión vital de la danza. Otra forma de lenguaje.


Desde sus primeros escritos Nietzsche se sirvió de la manifestación artística de la danza como un recurso estético para describir, en un primer momento, el espíritu dionisíaco, y posteriormente las connotaciones del espíritu de la ligereza que se perfilaban de una manera paradigmática en la música del sur.

Por Luis Enrique de Santiago Guervós
Facultad de Filosofía. Universidad de Málaga


Parte I


Desde sus primeros escritos Nietzsche se sirvió de la manifestación artística de la danza como un recurso estético para describir, en un primer momento, el espíritu dionisíaco, y posteriormente las connotaciones del espíritu de la ligereza que se perfilaban de una manera paradigmática en la música del sur. En realidad, esa insistencia en utilizar el simbolismo de la danza en sus escritos, es otra manera de glorificar y reivindicar el valor del cuerpo. Además, resultaría difícil entender las figuras de Dionisios, el coro, el sátiro, el espíritu libre o Zaratrusta sin hacer referencia a su modo de expresión más peculiar: La Danza. También podemos observar cómo en su última época Nietzsche ya no busca un arte que no sea expresión de la vida, ni palabras que no canten, ni música que no sirva para bailar, pues sólo el espíritu bailarín ligero puede abrir el camino que conduce al superhombre. Por eso, sólo "un arte bailarín", con su levedad y ligereza, puede elevar al hombre hacia lo más alto. Y Nietzsche cree que ese arte, del que lo espera todo, es necesario, fundamentalmente, para poder disfrutar de la “libertad sobre las cosas”, puesto que el arte que se propone como alternativa es un “arte ligero”, ascendente, que se ha liberado de las determinaciones asfixiantes del espíritu de la pesadez, que impide al hombre ser libre. Frente a la moral y sus rígidos preceptos, no sólo hay que estar por encima de ellos, sino danzar, “jugar y valorar” por encima de la propia moral. 

No sería muy arriesgado afirmar que Nietzsche parece que  utiliza la danza como criterio estético para evaluar las formas culturales y artísticas auténticas. Wagner, por ejemplo, es un músico que no sabe danzar, solo sabe “nadar”; los alemanes, los moralistas tampoco danzan, porque han sido picados por la tarántula, han quedado paralizados al inocularles el veneno de la igualdad, de la venganza. Todos ellos están poseídos por el “espíritu de la pesadez” que les arrastra hasta lo profundo y les impide elevarse y trascender por encima de sí mismo, porque están sometidos al imperativo del “tu debes” y al abismo vertiginoso del nihilismo. “Mi Alfa y mi Omega es que todo lo que es pesado y grave llegue a ser ligero; todo lo que es cuerpo, bailarín; todo lo que es espíritu, pájaro”.  Lo grave y lo pesado ha de ser superado por la ligereza de la danza, por eso a la hora de establecer criterios de valor Nietzsche señala que “nuestra primera cuestión sobre el valor de un libro, de un ser humano o de una composición musical es: ¿pueden ellos andar? Incluso más ¿pueden ellos bailar?”. 

Y es que para Nietzsche el bailarín es el que sabe escuchar a su cuerpo, el que sabe ser a la vez de la tierra y del cielo, el que conoce la embriaguez y el éxtasis, el que sabe convertirse en un intempestivo, el que transfigura su fuerza y poder en gracia.  O si no, ¿quién es aquel que expresa mejor la alegría y la “gran salud”, quién es el que mejor sabe reír y el que festeja mejor la vida, sino el bailarín? Lejos de ser un arte poco riguroso y evanescente, la danza necesita de las leyes más elementales de la física, de la fisiología y de la anatomía del cuerpo humano. Como disciplina es de lo más exigente y rigurosa, puesto que se danza siempre “encadenado”, pero al mismo tiempo representa de un modo más excelente que otras artes el libre juego de sus elementos, acompasado con esfuerzos de los que no es posible evadirse. Esa serie de movimientos y gestos, cada uno de los cuales no puede ser aislado, forman juntos una expresión continua, mucho mayor que la suma de sus partes. En la danza los símbolos no solamente se representan, como sucede en el arte plástico, espacialmente, armónicamente, sino que lo espacial y lo temporal (ritmo) se integran.

Ahora bien, se pueden distinguir en Nietzsche una serie de niveles en torno a los cuales articula el sentido estético de la danza y su valor transformativo. En un primer nivel, y siguiendo las pautas de su primera estética, la danza forma, junto con la música y el poema, la tríada fundamental de expresión de la estética dionsíaca; en el fondo es el cuerpo el que se eleva con la danza a un lugar privilegiado. Un segundo nivel, tiene un perfil más alegórico y metafórico, al poner la danza en relación con el pensamiento y el lenguaje. Y por último podemos señalar un tercer nivel en el que la danza constituye el modo de expresión por excelencia de Zaratustra y esa forma artística remite a su doctrina fundamental. 



1. Música y danza: expresión estética de la alegría dionisíaca.


En el marco de la estética de la música Nietzsche trató de establecer en todo momento un equilibrio entre el canto, el poema y la danza: la santa trinidad, el “simbolismo total”, algo que encontraba su ejemplaridad en la tragedia griega. En primer lugar la música, y luego las palabras, y expresándolo todo en la danza, en la danza de la vida, el gran sí: “Cantando y bailando manifiéstase el ser humano como miembro de una comunidad superior: ha desaprendido a andar y hablar y está en camino de echar a volar por los aires bailando. Por sus gestos habla la transformación mágica [...] él se siente dios, él mismo camina ahora tan estático y erguido como en sueños veía caminar a los dioses. El ser humano no es ya un artista, se ha convertido en una obra de arte”. Así habían comprendido los griegos la transformación que imprimía el espíritu dionisíaco bajo las tres artes indisociables: la danza, la música y la poesía
Tanto en el poeta como en el bailarín, o en el comediante, la expresión artística conduce a menudo a una “alienación de su propia persona”. Liberado de las tensiones de lo real, el artista recrea la “bella imagen del hombre”, como otras veces los griegos recreaban las imágenes de los dioses. El bailarín, por la fuerza de sus gestos y sus movimientos, hace presente el mundo que está más allá de los fenómenos. La bella apariencia de sus gestos desvelan lo profundo. Y en lo profundo el dios Dioniso se mueve como un dios danzarín, un artista que manifiesta su fuerza y poder creativo, que es el de transgredir, transcender y transformar. Este dios de pies ligeros, de ojos risueños y bailarín, expresa su mensaje por la danza, pues no hay otro lenguaje que pueda expresar mejor la conciencia dionisíaca. La danza es su lenguaje y en ella se unen el tono, la música, el ritmo y la armonía. Y como dios de las transformaciones, cuya suprema metamorfosis es la muerte y la resurrección, fundamenta la estética dionisíaca. Nietzsche quiere ejemplificar de esta forma la transvaloración de los valores y la superación del hombre, que se trasciende a sí mismo mediante los impulsos vitales que lo elevan hacia alturas imprevisibles
Es un hecho, que el hombre a lo largo de su historia ha danzado siempre para celebrar sus cambios y transformaciones. La danza estuvo asociada primero a ritos sagrados; era un medio de comunicación entre el hombre y sus dioses, una forma de veneración destinada a invocar la manifestación de poderes sobrenaturales, pero también estuvo vinculada con los ritos de fertilidad en los que se exaltaba la exuberancia de la vida. Una vez desacralizada, se convirtió en medio de expresión del espíritu del pueblo.  Todavía los grandes acontecimientos de la vida diaria se celebran con el baile, como manifestación de la alegría y de la vida. Nietzsche fijó su mirada en la cultura griega y, sobre todo, en el origen de su obra de rte por antonomasia: la tragedia. En ella querían ver expresada la fuerza de la naturaleza, y la ven bajo la transformación del sátiro. El entusiasta dionisíaco se transforma en sátiro, y es como sátiro como ve a su dios, es decir, en su transformación se ve en una visión fuera de si. Para ello, el sátiro martillea la tierra con los pies, y así alcanza el cielo, es decir, celebrando su pertenencia a la naturaleza alcanza la esencia de la vida. Este era para Nietzsche el hombre dionisíaco, que transportado a otro mundo por su danza se transforma y transciende por encima de sí mismo. Pero estar fuera de sí no significa dejar este mundo, o perder el sentido de la tierra, sino al contrario, unirse a él en su esencia. El bailarín metamorfoseado adquiere todos los poderes. Al perder su identidad se une a la naturaleza, al Uno primordial y entra en otro mundo donde las contradicciones de la existencia se resuelven. Ahora sólo celebra la vida, danza en honor a Dioniso y es el  mediador de un dios. Ha transformado la pesadez en ligereza, la embriaguez en éxtasis, se ha convertido en la misma imagen de Dioniso. Recordemos aquel pasaje tétrico de La visión y el enigma, cuando el pastor mordió y escupió la cabeza de la serpiente que se había deslizado en  su garganta, y pudo por fin “reír” y hablar; se  puso de pie de un salto y “comenzó a danzar” como la máxima expresión de la afirmación de la vida.
Los griegos sabían que la música debe hablar al cuerpo, que le responde danzando, dando alas a los pensamientos y al espíritu, como da alas al bailarín y lo entrena en sus movimientos. Es a la vez, por lo tanto, estimulante y liberación, hace al filósofo fecundo, como convierte al bailarín en inspirado.  Nacida del pathos, debe abrazar las pasiones, viva o lenta. En una palabra,  la música, como la danza, debe ser la expresión de la vida, de la fidelidad a la tierra tan querida de Zaratustra, porque es el “retorno a la naturaleza, a la santidad, a la alegría, a lo juvenil, a la verdadera virtud”.  Así pues, la danza utiliza todo el cuerpo como vehículo de expresión y devuelve al concepto de música su dimensión corporal, su ámbito más originario. Esa especie lenguaje metasemántico comprende toda la “simbología del cuerpo”, la “mímica total de la danza que mueve rítmicamente todos los miembros”, hace que todas las fuerzas simbólicas se desencadenen”. “Ahora la esencia de la naturaleza debe expresarse simbólicamente; es necesario un nuevo mundo de símbolos, por lo pronto el simbolismo corporal entero, no sólo el simbolismo de la boca, del rostro, de la palabra, sino el gesto pleno del baile, que mueve rítmicamente todos los miembros”. Por eso, el  griego no ve en la danza un simple  gesto, sino la forma más expresiva de decir “sí” a la vida  ¿Acaso se puede comprender mejor la vida, sino danzando? 

Esta vinculación de la danza y el baile con la vida está muy presente desde el principio en Nietzsche, ya que  no son  más que otra forma de decir la vida. Mediante la danza es la vida la que penetra en el cuerpo, provocando un estado de exaltación en el que el sujeto ya no es más artista, sino ”una obra de arte”; por eso la mejor manera de comprender y experimentar la vida es danzando, escuchando los modos de decir del cuerpo. En la tragedia ática, “el coro ditirámbico -dice Nietzsche- es un coro de transformados, en lo que han quedado olvidados del todo su pasado civil, su posición social[...] Lo que está ante nosotros es una comunidad de actores inconscientes, que se ven unos a otros como transformados". Así pues, danzar y bailar lleva consigo un transfigurarse, entrar en otro cuerpo sin cambiar de piel, es descubrir en sí otro yo, un yo que no obedece ya a la razón sino a la vida solamente, un yo que se confunde con los árboles de la montaña o con las estrellas del cielo. Bailar es devenir movimiento y participar en el baile cósmico de los astros que se mueven en el universo, y por ello es acción, acto sagrado, por el que el hombre traspasa lo real. La danza a diferencia de la música, que puede arrebatar al que la escucha y transportarle a un mundo ideal, arrebata a aquel que la ejecuta, y es el éxtasis supremo, puesto que en ella participa todo el cuerpo y no solamente nuestros sentidos. Aquel que no danza, que no siente los ritmos acompasados de su cuerpo, no se siente vivo. Esto explica por qué para Nietzsche todo  arte debe nacer del amor a la vida, de la alegría, de la “sobreabundancia”, no debe nacer del “hambre”, ni del deseo de venganza. Todo lo que asciende hacia lo alto, como el bailarín, es para encontrar la alegría. Pero la alegría, fundamentalmente, es la alegría de vivir, y bailar es vivir su alegría. La canción del baile de Zaratustra es, por eso mismo, un nuevo himno a la vida, un canto contra el espíritu de la pesadez que es el “señor del mundo”. Como una serpiente, la vida corre entre los dedos y es preciso la agilidad de un bailarín para seguirla sobre sus caminos tortuosos.  El pie aprende antes que el espíritu. Así pues, la danza repite la óptica dionisíaca de la vida, que destruye sus creaciones en el juego incesante de las metamorfosis. Dioniso es el dios que sube y baja, el dios errante. “Ahora soy ligero,-dice Zaratustra-  ahora vuelo, ahora me veo a mí mismo por debajo de mí, ahora un dios baila por medio de mí”, pues en lo “dionisíaco” se expresa “una superación de la persona, de lo cotidiano, de la sociedad, de la realidad, como un abismo del olvido, algo que se infla dolorosamente, pasionalmente[...], un sí extasiado[...],una gran simpatía panteísta en la alegría y en el dolor”.


2. Cómo aprender a trascenderse danzando.


Se ha llegado a considerar el Así habló Zaratustra como “una revolución en el arte de la comunicación humana”. Y entre esos elementos nuevos de comunicación que introduce, la danza ocupa un lugar preferente. Podemos decir que el tema de la danza alcanza su punto más álgido, cuando Nietzsche trata de revelarnos el mensaje de Zaratustra.  Éste, ante todo, enseña la glorificación del cuerpo y de la apariencia, como síntoma de la preeminencia de una filosofía del arte sobre el pensador metafísico. Su lema es que todo cuerpo sea danzarín y que todo espíritu se convierta en “pájaro”.   El cuerpo tiene su lenguaje, nos habla, y en cuanto tal, el hombre debe estar “atento” a lo que le dice e insinúa. ¿Pero qué es lo que habla el cuerpo? Lo que habla el cuerpo es el “sentido de la tierra”. El bailarín no tiene el oído en las orejas. Sus músculos oyen el sentir del mundo mediante melodías que hacen contraer y distender sus articulaciones mediante gestos. Todo su cuerpo está atento al desplegarse del melos para articularlo en ritmos que hablan otro lenguaje. “Mis talones se irguieron, - dice Zaratustra - los dedos de mis pies escuchaban para comprenderte. Lleva, en efecto, quien baila sus oídos - ¡en los dedos de sus pies!”. 

Mediante la danza la gran razón que es el cuerpo “hace” el yo, no es por lo tanto el yo el que constituye la realidad. Detrás del pensamiento, de las palabras y de los sentimientos está la sabiduría del cuerpo, el “sí-mismo” (Selbst), que es la fuerza incesante que obedece a una razón oculta. Pero lo que realmente quiere el cuerpo es “crear por encima de sí “ y lo hace danzando, y el que no es capaz de esto se enoja y se rebela contra la vida y el sentido de la tierra. El arte de la danza nos enseña también a suspender la “pequeña razón” del ego en orden a seguir los movimientos del cuerpo, la “gran razón” del yo que conduce, finalmente, a una relación intuitiva y mística con el mundo de la voluntad de poder. En otras palabras, moverse al ritmo de danza conduce a la más alta posibilidad de moverse en armonía con la voluntad de poder, que se comprende como la energía rítmica que subyace a todo movimiento y el eterno retorno es también figurado en la imagen de la danza. Zaratustra lo expresa claramente: “sólo en el baile sé yo decir el símbolo de las cosas supremas”, “sin la danza - añade -, no hay para mí ni alivio ni felicidad”.

Una de la connotaciones más sugerentes que encuentra Nietzsche en la simbología de la danza es la posibilidad del hombre de trascenderse o de superarseLa profundidad de Zaratustra está en “arrojarse” a las alturas del cielo, porque el  bailarín quiere estar “sobre cada cosa como su cielo propio, como su techo redondo, su campana azul”, quiere estar allí donde bailan los “azares divinos”, en el “cielo Azar”, allí donde ya no hay ninguna servidumbre a la finalidad. Él enseña a ver la sabiduría que hay en las cosas, esa pequeña sabiduría y seguridad que no es otra que la de “bailar sobre los pies del azar”, subir por encima de las propias cabezas y por encima del corazón, porque es necesario apartar la mirada de sí a fin de ver otras cosas. Él mismo, en un acto de osadía supremo, quiso ver “el fondo y el trasfondo de todas las cosas”, y por ello tuvo que subir por encima de sí mismo:  “¡arriba, cada vez más alto, hasta que incluso tus estrellas las veas por debajo de ti!”. Y es que en lo alto, donde nada es ya pesado, donde los pensamientos son puros, allí todo devenir no es más que danza. Ese trascenderse o superarse a sí mismo que Nietzsche explica por esa metáfora de la danza tampoco olvida la realidad de lo profundo. Contemplar el horror de lo profundo, la dureza de la existencia, para luego tender sobre ella la ilusión que crea el arte, es como “bailar encadenado”, es decir “hacerse pesado y luego extender por encima la ilusión de la ligereza – esa es la obra de arte que nos quieren mostrar”.

La danza para Zaratustra, como expresión artística, simboliza también la mediación entre dos esferas que se contraponen. Después de haber dejado el país de los sabios, afirmaba: “no es más que danzando como yo se leer los símbolos de las cosas más altas”, pues la danza actúa como mediación entre lo visible y lo invisible, es la que reconcilia las fuerzas animales y las fuerzas espirituales. Lo propio de la danza es el equilibrio entre la tierra y el cielo, lo profundo y la altura, siempre amenazado y siempre reconquistado, y también lo propio de la vida. “Caminar sobre toda cuerda, bailar sobre toda posibilidad: tener su genio en los pies”. Así pues, la danza reconcilia el cielo y la tierra, reconcilia todos los mundos: el bailarín, ligero como el viento, es libre, está más allá del bien y del mal, más allá de la verdad y la mentira, revolotea por encima de todas las cosas.

Esa imagen del bailarín que se eleva sobre la tierra, también reconcilia al filosofo y al poeta, al sabio y al artista, simbolizando simplemente lo viviente, pues no hay que olvidar que para Nietzsche el que danza reconoce la realidad con la “punta de su pie”,  al mismo tiempo que dialoga con la tierra que le soporta y con el cielo que le atrae, expresando con su cuerpo y sus movimientos todo un homenaje a la vida. Y es que ¿acaso podría ser  Zaratustra otra cosa que un danzarín? Y eso es lo que quiere Zaratustra, enseñar a los “hombres superiores” a trascenderse, a que “se sirvan de sus piernas” para que puedan danzar, y que así la tierra les sea más ligera. Hasta que el hombre no sepa danzar y reír, no podrá superarse a sí mismo, ni podrá religarse con el cosmos, ni podrá volar, ni acontecerá el superhombre. Pero para volar, antes hay que aprender a bailar. Quien quiera aprender alguna vez a volar, tiene que aprender a “tenerse en pie y a caminar y a correr y a saltar y a trepar y a bailar por encima de todas las cosas”. Esta es la enseñanza de Zaratustra el bailarín, el ligero, el que ama los saltos y las piruetas, para todos aquellos hombres superiores que tienen todavía “pies y corazones pesados”.


Por Luis Enrique de Santiago Guervós
lesantiago@uma.es
Facultad de Filosofía. Departamento de Filosofía
Campus de Teatinos
MÁLAGA - España


"Nietzsche y la expresión vital de la danza. Otra forma de lenguaje" forma parte del libro Nietzsche y el arte (Luis Enrique de Santiago Guervós, "Arte y poder. Aproximación a la estética de Nietzsche". Edt. Trotta, Madrid, 2004, 678 pp.)

Textos enviados a Danza por el Sr. Luis Enrique de Santiago Guervós 


Nietzsche y la danza II parte



“Mi estilo es una danza”: cómo danzar con las palabras.
Nietzsche y la expresión vital de la danza.
Otra forma de lenguaje.



Por Luis Enrique de Santiago Guervós
Facultad de Filosofía. Universidad de Málaga



Última parte.


Nietzsche hubiese querido que sus frases cantasen como si fuesen música, y que sus palabras se moviesen como en una danza. Pero ¿pueden las frases bailar? ¿Puede el poeta decir tanto con sus rimas y su música? Sí, si ellas cantan la vida. Así pensaba Nietzsche cuando termina la Gaya ciencia con una canción de danza, danzando y cantando sobre los pensamientos escritos: “Estamos acostumbrados a pensar al aire libre, caminando, saltando, subiendo, bailando y mucho más en las solitarias montañas o cerca del mar donde incluso los caminos se hacen pensativos”. Más allá del bien y del mal termina también de la misma forma, expresando la finitud del lenguaje para captar la experiencia. En Ecce Homo hablando de la época en que escribía Zaratustra, mientras paseaba por los alrededores de Niza, escribe: “A menudo la gente podía verme bailar; sin noción siquiera de cansancio podía yo entonces caminar siete, ocho horas por los montes. Dormía bien, reía mucho — ”. Pero es sobre todo Zaratustra el que inaugura una nueva forma alegórica de pensar y de hablar, “¿pues no tiene que haber cosas sobre las cuales y más allá de las cuales se pueda bailar? ¿No tiene que haber, para que existan los ligeros, los más ligeros de todos?”.

Bailar es un juego con toda la gravedad e ilusiones de la seriedad, porque un pensamiento que danza es un pensamiento que desecha el sistema y las estructuras estables de los valores; es otra forma de pensar, otra racionalidad distinta, un nuevo camino mediante el cual se pone orden en el caos, pero no de una forma fija y estable, sino de una manera “alegre” y “ligera”, de tal manera que siempre queden abiertas nuevas posibilidades y otras formas de pensar. Por eso Nietzsche insistió casi desde el principio, que la única forma de superar el lenguaje conceptual que inauguró la metafísica como lenguaje científico, y no artístico, es que “aprendamos a pensar” y que hagamos que los conceptos bailen y provoquen así figuras artísticas y bellas como las metáforas, que constituyen los nuevos caminos del pensar. Estas son las recomendaciones de Nietzsche: “Aprended a pensar: [...] –que el pensar ha de ser aprendido como ha de ser aprendido el bailar, como una especie de baile...¡Quién conoce ya por experiencia, entre alemanes, ese sutil estremecimiento que los pies ligeros en lo espiritual transfunden a todos los músculos! [...] No se puede descontar, en efecto, de la educación aristocrática el bailar en todas sus formas, el saber bailar con los pies, con los conceptos, con las palabras; ¿he de decir todavía que también hay que saber bailar con la pluma, -  que hay que aprender a escribir?”. Esta es también la condición de una buena educación aristocrática: “bailar en todas sus formas: el saber bailar con los pies, con los conceptos, con las palabras”

Hablar del pensamiento como danza implica, por lo tanto, asumir la provisionalidad y el riesgo del pensamiento frente a la seguridad que ofrece una visión sistemática del mundo al estilo del racionalismo moderno. El danzador de cuerda, el funambulista, hace del peligro su profesión. La danza representa la “estabilidad en la inestabilidad”; es ese equilibrio mudable que se modela rítmicamente a sí mismo en su devenir y que crea constantemente con el cuerpo y sus gestos diferentes figuras, pero siempre vuelve a buscar el impulso en la tierra, donde encuentra realmente su sentido. Hay que tener la fuerza de ensayar continuamente, de buscar soluciones provisionales, con la constante amenaza de perder el equilibrio y equivocarse, de permanecer en la continua tensión que significa  la dialéctica de inmanencia y trascendencia, el salvar el sentido de la tierra y el anhelo por las alturas. Si Nietzsche se eleva hacia lo alto, hacia la montaña, es porque las cimas son el reino de la luz, y es en la luz donde nace el pensamiento. Pero también lo hace para cantar las palabras que celebran la vida: reír, danzar, alegría, ligereza, altura. Esta es la nueva terminología, el nuevo lenguaje de Zaratustra y de Nietzsche, la alternativa a una forma de pensar atenazada por la “seriedad” y el espíritu de pesadez. Nietzsche no es de los que llegan a los pensamientos “a golpe de libros”, sino “caminando, saltando, subiendo y bailando”. Frente a una obra de arte, frente a un libro sabio, frente a un hombre, el criterio valorativo y estético no es otro que este; “¿Sabe danzar?”. Y la respuesta no se encuentra  en la palabra, está en el cuerpo que danza, en la alegría del ser viviente. Ese es para Nietzsche y Zaratustra el verdadero lenguaje: “Una hermosa necedad es el hablar. Pero al hablar el hombre baila sobre todas las cosas”.

Y este lenguaje es para Nietzsche el lenguaje esencial, porque 1) trasciende el sentido esclerotizado y fosilizado que tienen las palabras acuñadas por toda una tradición metafísica; 2) porque al liberarse de los grilletes del lenguaje, se da alas a la capacidad creativa del pensamiento, que piensa artísticamente; 3) mirar a las cosas desde la altura es contemplarlas en su profundidad. Sólo el que tiene alas para volar cada vez más alto es capaz de ver lo profundo de la superficie, llegar hasta el fondo. Es por eso, por lo que el  hombre ha regalado a las cosas nombres y sonidos para reconfortarse en ellas. “Con sonidos baila nuestro amor sobre multicolores arcos iris”, dice Zaratustra; los animales le responden: “todas las cosas mismas bailan para quienes piensan como nosotros: vienen y se tienden la mano, y ríen, y huyen , y vuelven”. Y esto es así porque las palabras están hechas para los espíritus pesados. Las palabras mienten para aquellos que son ligeros, dice Zaratustra, porque realmente las palabras son siempre un freno para la pasión del poeta o la intuición del pensador. Nunca la palabra podrá transmitir el resplandor de un pensamiento, ni  la fuerza de un sentimiento o la pasión de una emoción. Sus límites y sus contornos están tan bien definidos que no hay espacio para la improvisación, para lo simultáneo ¿O acaso las palabras no congelan el sentido de  las cosas y eternizan las ideas, que tendrían que ser fugaces e inquietas? Zaratustra decía a sus allegados, que había que poner a danzar a las palabras y a las frases, para que las imágenes ocultas tras ellas desvelen así el sentido originario. “Sólo en el baile sé yo decir el símbolo de las cosas supremas”, puesto que muchos aspectos de la experiencia humana no son dados a conocer por el lenguaje. La razón de nuestro conocimiento está en la utilidad, pues cuando se subordinan los aspectos de la experiencia, que son únicos e individuales, y se pasan a categorías convencionales, generales, las palabras violentan la inmediatez de nuestra experiencia humana. La palabra sólo hace referencia a aquellos aspectos de la experiencia que han sido hechos conscientes: “todo devenir consciente envuelve una gran y completa corrupción, reducción”. Por eso dice Zaratustra que uno haría mejor en decir qué inexpresable y sin nombre es aquello que constituye el tormento y la dulzura de mi alma, y que es incluso el hambre de mis entrañas. Entonces es mejor ‘balbucear’, porque Dioniso es el dios que danza bajo las palabras, bajo la bella apariencia de la superficie. La vida se genera en la oscuridad y en las profundidades de la tierra, donde la semilla muere y se destruye para posteriormente eclosionar con una fuerza alegre sobre la tierra. Y es precisamente esa fuerza, o ese impulso lo que le da alas a su pensamiento: “Quiero – confesaba Nietzsche a Marie Baumgartner – que mi vida sea tan pesada como la de cualquier hombre, sólo bajo esta presión adquiero la buena conciencia de poseer algo que pocos hombres tienen y han tenido: alas para hablar en parábolas (Gleichnisse)”.

Nietzsche tampoco duda en identificar al espíritu libre con el espíritu bailarín, el cual  manifiesta su libertad en la manera en que maneja las cosas (o se relaciona con las cosas), cuando su mirada se especializa en una perspectividad plural, que entiende el mundo como material de una formación artística que nunca se limita a la fijación de un “en si” .“El baile es pues su ideal, también su arte, y finalmente su única piedad, su ‘culto divino’”. Lo que el filósofo necesita es sobre todo “flexibilidad” y fuerza para poder despegar y saltar por encima de las cosas. El mundo de las perspectivas es, por lo tanto, una consecuencia del “pensamiento bailarín”, puesto que hacer bailar los conceptos supone introducir en ellos la perspectiva,  introducir la creencia de que ninguno de ellos es algo cerrado, sino algo convencional que vale para hoy, pero quizás mañana sea otra cosa diferente. La alegría es la libertad bailarina del pensamiento, el cual en su mirada indagadora comprende el mundo en una escena móvil de posibilidades cambiantes, como multiplicidad de puntos de vista o de perspectivas. Pero para Nietzsche también el espíritu libre es un artista, un artista de la sabiduría bailarina. El artista y el espíritu libre apenas se distinguen: lo mismo que el artista pone el mundo según su fuerza y a voluntad, lo mismo el espíritu libre filosófico. “Para mi la apariencia es lo que actúa y lo que vive, que va tan lejos en su autodesprecio, de hacerme sentir que aquí no hay más que apariencia, fuego fatuo y baile de espíritu, - que bajo todos estos soñadores  también yo, el ‘que conoce’, bailo mi baile, que el que conoce es un medio, para prolongar el baile terreno”.

Con la introducción del espíritu libre como artista alcanzaba la teoría del arte de Nietzsche un nuevo matiz. El espíritu libre es “poeta de su vida”, el artista es “poeta del mundo”, pero el espíritu libre es también un “virtuoso bailarín”. Y sólo el pensamiento bailarín, en cuanto arte ligero, es ante todo un arte para artistas, sólo para artistas. ¿Por qué? Porque todas las cosas bailan “sobre los pies del azar”.  Las cosas bailan, se abren en su significado a perspectivas siempre nuevas desde su devenir azaroso; despliegan su significado de mil maneras en una movilidad continua. Para Nietzsche no tiene sentido decir que las cosas son lo que son, cuando su modo de ser es la movilidad. Por eso Zaratustra no escribe, será siempre un bailarín, porque la danza en su fugacidad podrá captar el efímero milagro del nacimiento de un pensamiento. A la tragedia griega la mataron las palabras, a la ópera la asfixiaron  también las palabras; y muere la tragedia cuando ya no hay más danzas, cuando Eurípides deja de pensar en la música. El único paradójico consuelo es que a Nietzsche sólo le quedan las palabras para gritar su vida. Pero Zaratustra sigue enseñando con el lenguaje de la danza para decir alegóricamente las cosas más altas: “Sólo en el baile sé yo decir el símbolo de las cosas supremas - dice Zaratustra : — ¡ y ahora mi símbolo supremo se me ha quedado inexpreso en mis miembros!”. Él puede representar las cosas más altas, las más extrañas a la representación verbal o conceptual, por ciertos movimientos de su cuerpo que forman una danza. Y esta manera de decir es una metáfora, una parábola, un símbolo. Así por ejemplo, es en la danza y su ritmo donde mejor se refleja la imagen misma del retorno, como la de un fluido dominio del movimiento que encadena el devenir sin destruirlo. La danza como armonía sensible, se convierte en Nietzsche en la prefiguración  de una existencia divinizada.

Así pues, el lenguaje de Zaratustra tiene el ritmo de la danza, y refleja sus modulaciones, variaciones, arquitectura y mímica. ¿Acaso habrá encontrado Nietzsche aquí una  alternativa al lenguaje conceptual de la metafísica? ¿Será otra manera de decir lo no dicho por el pensamiento? “El filósofo atrapado en las redes del lenguaje” busca una liberación imposible mediante el ritmo frenético del estilo que danza sobre las palabras. Para hablar de las cosas supremas e innombrables, para decir el pensamiento más profundo, Zaratustra cree que el medio expresivo más adecuado es la danza en cuanto actividad circular que afirma alegremente el retorno de las cosas. Es un lenguaje mudo, porque el verdadero lenguaje no debe tener la pretensión categorial de precintar el sentido de las cosas, sino que deja hablar a las cosas, al mismo tiempo que las deja que se manifiesten por sí mismas. El lenguaje mudo de la danza es el único lenguaje adecuado, y sus figuraciones, que se desenvuelven en innumerables ondas de significado, y armoniosamente reflejan las seducciones y los encantamientos de una vida divinamente ambigua. Zaratustra cree que lo más intimo, aquello que es más individual, es distorsionado cuando intenta trasmitirlo a través del medio social del lenguaje.

Pero no sólo el pensamiento y las palabras son una danza, para Nietzsche, también lo es el estilo: “Mi estilo es una danza; un juego de simetrías de toda especie, es un saltar más allá y un burlarse de estas simetrías. Esto  pasa hasta en la elección de las vocales”. Nietzsche sabe que son sus pies los que dictan las palabras. Es a ellos a los que hay que hacer danzar. Él traducirá en melodía la emoción delante del pensamiento. Bajo su pluma, cada sílaba se convierte en una nota musical:- se trata de encontrar la cadencia, el ritmo, el estilo sobre el que Zaratustra pueda danzar. Y el baile de los conceptos significa también el “estilo” del artista . Nietzsche afirmaba que “lo que verdaderamente importa es la vida: el estilo debe vivir”. Lo mismo que Zaratustra, Nietzsche quería convertirse en el apóstol de la vida, pero para ello debía ser un buen bailarín; incluso las palabras, si quieren tener cualquier suerte de conmoción, deben reflejar la vida como no importa qué gesto. El estilo juega con las simetrías como el bailarín juega con los ritmos. Hölderlin había escrito que todas las cosas son “ritmo”, el destino entero del universo es un ritmo celeste;  toda obra de arte es un ritmo único. Y es que el sentido de todo estilo se cifra en: “Comunicar un estado, una tensión intensa de pathos, por medio de signos, incluido el tempo [ritmo] de esos signos”, puesto que el  estilo no es solamente “pensado” sino, sobre todo, “sentido”, en cuanto que la riqueza mímica de la vida toma forma sobre un riguroso y fluido equilibrio de leyes rítmico-expresivas, igual que en la danza. “En la danza - dice Masini – se resuelve la ‘verdad’ del estilo como metáfora plástica y rítmica del pensamiento La relación íntima presente en la danza entre plasticidad y ritmo, entre línea y ritmo, entre figuración pantomímica y alegoría musical, se encuentra en la fluida arquitectura del lenguaje poético de Zaratustra, en el que el elemento lúdico-agonístico de la mímesis plástica traspasa continuamente la embriaguez rítmica”. No es por eso extraño que Nietzsche insista en que es preciso “saber bailar con la pluma”, lo mismo que con el texto, pero al ritmo de su fragmentación, golpeando el suelo con pie ligero, “como escritura gestual del cuerpo” Esa es la manera en que el propio Nietzsche confiesa que pueda  “librarse” de sus pensamientos como una necesidad de artista que desborda sus propios sentimientos vitales. El hombre no crea, no danza, no canta más que si se da en él ese “superplus de fuerza”, pues en el arte, la acción de embellecimiento “no es más que una consecuencia de la fuerza acrecentada”.

Nietzsche, por lo tanto, ha puesto todas sus esperanzas en aquel que sabrá decir sí a la vida danzando, en aquel que hará cantar a las palabras, en aquel que vivirá en medio del aire puro de las alturas, renaciendo cada día al sol, en aquél que en definitiva sabe reír y ser alegre. Pero Zaratustra también sabe que el “hombre superior”, si quiere aprender a danzar, antes debe aprender a reír. Es posible que ría, pero no ríe como hay que reír, pues la sabiduría de la risa es la que transfigura al hombre en otra cosa, porque disuelve el espíritu de pesadez en los movimientos ligeros de la embriaguez creadora. Este mensaje quedaba ya prefigurado en el libro quinto de la Gaya ciencia, un libro que incita a danzar y a reír, una obra que termina al son de las “cornomusas” con “melodías más agradables y más alegres” que abrirán el camino hacia el “verdadero reino de la danza”.


Por Luis Enrique de Santiago Guervós
lesantiago@uma.es
Facultad de Filosofía. Departamento de Filosofía
Campus de Teatinos
MÁLAGA - España


"Nietzsche y la expresión vital de la danza. Otra forma de lenguaje" forma parte del libro Nietzsche y el arte (Luis Enrique de Santiago Guervós, "Arte y poder. Aproximación a la estética de Nietzsche". Edt. Trotta, Madrid, 2004, 678 pp.)


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Nietzsche y Béjart
MAURICE BÉJART Y SU ESPECTÁCULO: ZARATUSTRA. LE CHANT DE LA DANSE

El nombre de Maurice Béjart (1927), hijo de filósofo, Gaston Berger, constituye un hito en la historia de la danza de la segundad mitad del siglo XX y en la actualidad.

Por Luis Enrique de Santiago Guervós
Facultad de Filosofía. Universidad de Málaga.



El nombre de Maurice Béjart (1927), hijo de filósofo, Gaston Berger, constituye un hito en la historia de la danza de la segundad mitad del siglo XX y en la actualidad. Este prolífico coreógrafo, intelectual, humanista y culto, mantiene una visión de la danza ecléctica. Llegó a decir que la danza es el arte del siglo XX y uno de los instrumentos más bellos para plasmar las cuestiones fundamentales de la vida. No es la primera vez que Béjar crea un ballet ‘argumental’. Antes hizo algunos como Che, Quijote y Bandoneón o Madre Teresa. Hace treinta años hizo uno sobre Baudelaire, luego otro sobre Malreaux. Son personajes que marcaron la historia poética y política de su país. Y es que Béjart trata de buscar a través de la danza, el movimiento y la visión, el alma de un personaje. Pero estos personajes suelen ser personas que hn dedicado su vida a una idea, a una idea que se alojó en el centro de su vida interior. Este es el caso de Nietzsche y su Zaratustra, que Béjart lleva a escena como la expresión más sutil del cuerpo humano.

El Zaratustra de Béjar, que estrenó en el teatro de Beaulieu (Laussane), del 21 al 31 de diciembre, y posteriormente, en París, en el Palais des Sports (3-6 mayo) y en Bruselas (11-14 de mayo), ha sido largamente incubada. Podemos decir que es como el broche de oro de medio siglo de pensar la danza, de lecturas, de literatura, de coreografía. Pues Zaratustra, el personaje de Nietzsche, ha estado siempre presente en el coreógrafo. A Nietzsche siempre lo tuvo en mente y fue su compañero de viaje. En 1964, en la Novena sinfonía, cita El nacimiento de tragedia. Béjar siempre pensó que él «sólo podría creer en un Dios que supiese danzar», como Nietzsche afirmaba en Zaratustra, a quien en el prólogo de su libro lo reconoce el anciano porque venía danzando como un bailarín. Y es que Béjart ve en Zaratustra al portavoz de toda la filosofía vitalista dionisiaca. Un testimonio de ello es el ballet epónimo (1984).Otro ejemplo. Cuando prepara «Lo que el amor me dice», elige un movimiento de la tercera sinfonía de Mahler, cuyo texto cantado (Oh Mensh) se inspira también en Zaratustra. Se puede decir que Nietzsche es para Béjart como un guía y un maestro, y no puede evitar la ira cuando se le caricaturiza o cuando se deforma su pensamiento de una manera interesada al servicio de determinadas ideologías. Nietzsche, como Béjart, sigue pensando que también se filosofa danzando. Para él la danza es un juego de emociones y sensaciones, con todo su embrujo, donde el impulso de sus bailarines pone de manifiesto la levedad y la ligereza de los bailarines creadores de su propio movimiento. En este sentido, los cuadros que pone en escena en su Zaratustra evocan a personajes como Wagner o a figuras simbólicas que están presentes en el Zaratustra de Nietzsche, tales como el águila y la serpiente en cuya compañía habita Zaratustra. Todo es un pretexto para la danza.

Hace unos meses se publicaba en El País (21-12-2005) la siguiente noticia firmada por Rodrigo Carrizo: «Le chant de la danse es un espectáculo en dos Estudios Nietzsche, 6 (2006), ISSN: 1578-6676, pp. partes de algo más de dos horas de duración. Béjart propone un viaje a través de los textos de Nietzsche que lleva al espectador desde los Alpes hasta Venecia pasando por Persia, guiado por la voz y la presenciad e Gil Roman. La música de Le chant de la danse va desde el Beethoven del Concierto Emperador hasta el Wagner del Tristán e Isolda, pasando por Mahler, Strauss, Händel, Vivaldi y el propio Nietzsche, además de músicas tradicionales griegas, iraníes y aborígenes de Australia. Según el coreógrafo, «en ese poema que es Zaratustra, la danza vuelve sin cesar, como una obsesión espiritual y física a la vez, que nos obliga a pensar». Luego se interroga: «¿Cómo pensar sin bailar? ¿Cómo comprender lo que sea de la existencia sin ese movimiento rítmico que nos conecta a lo más profundo del ser?». Así, con esta obra, Béjart intenta poner de relieve «la importancia de la danza en la obra del poeta, así como su pasión por la música». El coreógrafo nos recuerda que «Nietzsche era un músico capaz de fascinar a un auditorio gracias a sus improvisaciones al piano». Una de esas piezas para piano forma parte del espectáculo «Zaratustra es un bailarín», afirma categórico el creador del mítico Bolero. «Diversas citas extraídas del poema me han dado el mejor argumento para un ballet en el que el tema central es la danza. Danza universal más allá de estilos, modas, épocas y tendencias. Danza unión, vida, amor y futuro: ¡danza música!». Le chant de la danse no es la primera incursión de Maurice Béjart en el universo de Nietzsche. Desde sus inicios como coreógrafo, el filósofo fue una de sus fuentes de inspiración. Béjart recuerda que su obra estuvo en el origen de algunas de sus más celebradas coreografías, entre las que cabe destacar el Orfeo de 1958, sobre músicas concretas de Pierre Henry; su Novena Sinfonía de Beethoven o la histórica Misa para el tiempo presente, de 1967.

A pesar de su admiración por la obra y el pensamiento del filósofo alemán, Béjart no deja de lamentar «la deformación de su pensamiento, que algunos herederos sin escrúpulos han utilizado para justificar algunas de las ideologías más cobardes y asesinas de la historia», en clara referencia a la apropiación de ciertos elementos de la filosofía nietzscheana por el III Reich.

Por Luis E. De Santiago Guervós
Universidad de Málaga
Estudios Nietzsche, 6 (2006), ISSN: 1578-6676, pp.
lesantiago@uma.es